1. CONCENTRACIÓN
Es lo más difícil de conseguir. Hay que seguir
un proceso. Si nos hemos decidido a producir un cambio en nuestra
calidad de vida, de acuerdo a nuestros propios criterios de
calidad, veremos que es una propuesta tan abarcadora, tan amplia,
que puede producir vértigo. Este es el primer hecho que
nos sorprende, la confusión, el no saber por donde empezar.
Esto es lo normal, cualquier intento de negarlo, u omitirlo,
nos conduciría a una mayor confusión, o a dejarlo,
a permanecer tal cual. Después de todo, confusión
no es más que desorden.
Cuando
la propuesta es muy amplia salen todos los deseos en tropel,
todos juntos, sin orden. Mejorar nuestra propia calidad de
vida puede convocar imágenes de un coche nuevo, o una
lavadora, unas vacaciones, cambiar de casa, de empleo, hacer
un plan de estudios, o dejar de estudiar, buscar trabajo,
jubilarse, en fin, todo esto y todas las variantes que abarcan
el tópico de salud, amor y dinero. Entonces hay que
poner orden. Y desde dónde, sino desde el entendimiento
de la propia situación nueva. Nuestra propuesta de
cambio nos coloca ante una situación distinta a todas
las anteriores. Al proponernos un cambio, nos encontramos
ante una situación nueva.
Las
situaciones nuevas pueden provocar un conflicto entre lo deseado
y la intranquilidad por lo que podremos encontrarnos en el
camino, además de una cierta sensación de pérdida
por el abandono de la relativa comodidad actual que tendremos
que dejar. Pero queremos producir un cambio para mejorar nuestra
calidad de vida, así que habrá que pasar a la
acción. Y, necesariamente, lo primero es analizar,
a la situación que queremos crear y a nuestras posibilidades
como instrumentos de producción creativa.
Producir,
significa engendrar o procrear, y es evidente que se procrea
o engendra algo nuevo, por lo que nuestra actitud frente a
este proceso tiene que ser casi virginal. La mayoría
de nosotros hemos escuchado, o leído, aquello de “sólo
sé que nada sé”. Esta es la actitud más
correcta frente a una nueva situación, de ella no sabemos
nada. Es nueva. Debemos juntar información sobre ella.
Para eso contamos con nuestros sentidos, nuestros sistemas
de percepción.
Revisemos
algunos conceptos conocidos.
Nuestra
percepción funciona, en principio, con nuestros cinco
sentidos más habituales. Estos sentidos nos nutren
con información, pero esta información es traducida
por nuestro pensamiento más frecuente, el que todavía
no incorporó, porque está en pleno proceso de
producción, la nueva tarea que hemos decidido emprender.
Esto nos puede conducir a dejarnos llevar por la primera impresión,
por la apariencia, por el primer plano de lo que vemos, oímos,
tocamos, gustamos, u olemos.
Los
sentidos físicos pueden ajustarse, las gafas y los
audífonos son un ejemplo. La interpretación
de lo que nos informan nuestros sentidos, es lo que más
nos debe importar en el momento en que decidimos emprender
la tarea de mejorar nuestra calidad de vida. También
puede y debe ajustarse. Lo fundamental es no dejarse aprisionar
por lo que “parecen ser”, la gente, los conflictos
y las cosas. Según sean las necesidades, de acuerdo
con nuestro objetivo, es más que conveniente, volver
a mirar, oír, tocar, gustar, u oler. Más de
dos veces mejor.
Esta
intencionalidad de verificar lo que se percibe de una situación
determinada, de una persona, o de un objeto, nos servirá
para todo, especialmente para definir con más precisión
lo que nos hemos propuesto.
Aunque
todavía estamos dentro de la confusión inicial,
ya la podemos situar en el tiempo y el espacio, desde nuestra
seguridad en que el pasado ya pasó, y para el futuro
falta mucho, decidimos que el espacio es “aquí”
y el tiempo “ahora”. Aquí y ahora, para
elegir la dirección de nuestra próxima etapa.
Esta ubicación es la que nos permitirá poner
orden en la confusión, o caos, inicial.
Dijimos
que confusión es desorden y que este desorden, en la
etapa inicial, está producido por la irrupción
de muchísimos deseos simultáneamente, inducidos
por asociaciones con el deseo principal, el de mejorar nuestra
calidad de vida.
Recordemos
que el deseo principal nos lo representamos como un árbol.
La forma más común que usamos es, tronco, una,
dos, o varias ramas gruesas, otras ramas derivadas, y muchas
más ramas menores. Como referencia imprescindible se
debe tener en cuenta a las raíces. La parte que generalmente
no está a la vista.
Las
raíces son una parte muy importante. Para nosotros
son una reserva de energía con la que usualmente no
contamos. Como personas, con nuestra propia historia y la
de toda la humanidad, desde que existe, llevamos en nosotros
una fuerza, un impulso evolutivo, que se mantiene idéntico
en todas las generaciones, y que funciona, aparentemente,
por su cuenta.
Aunque
no tengamos ganas, igual crecemos y llegamos a adultos y a
viejos. A este impulso evolutivo lo conocemos, es lo que mucha
gente dice, refiriéndose a los niños, que cada
vez “vienen” más inteligentes. Es cierto,
también son más altos. Y nosotros, seguramente,
somos más inteligentes que nuestros padres y más
altos.
Nuestro
granito de arena.
Al
impulso evolutivo lo conocemos, más de una vez nos
hemos imaginado lo que pudo haber sido el camino de los seres
humanos desde las cavernas hasta aquí. Una parte, la
más cercana a nosotros, nos la pueden haber contado
nuestros padres, o nuestros abuelos. Entonces, si la evolución,
o el progreso, se va desarrollando, incluyendo nuestra participación,
nuestro granito de arena, queda claro que el impulso evolutivo
nos está señalando una línea, muy amplia,
sobre la cual podemos ordenar los niveles de nuestra tarea.
Esta
es una línea en la que las condiciones generales son
favorables, como cuando andamos con el viento a favor. Nosotros,
siguiendo esa línea, podemos comprobar que el título
amplio de nuestro propósito está, por derecho
propio, adjudicado al tronco del árbol, porque así
lo refrendan sus raíces, porque desde los orígenes,
se busca mejorar nuestra calidad de vida.
Y
así sigue el trabajo individual e íntimo de
cada persona con cada rama. A veces da buen resultado pensar
en las hojas y en las flores o frutos de nuestro deseo, para
organizar la estructura de las ramas principales, para darles
nombre también a las secundarias y a todas las que
las sigan.
Si
lo del tronco y el título principal funcionó
bien, sigamos con el mismo método para las ramas, vayamos
poniendo cada rama, a las que ya dimos nombre, en el sitio
adecuado, poniendo en orden nuestras necesidades con nuestras
posibilidades actuales.
El
árbol es un perfil nuestro, debemos organizarlo desde
el tronco, donde cada rama principal es un sustento básico
para los posibles frutos. Sin olvidar que estamos trabajando
aquí y ahora, no en otro sitio, ni en otra época
de nuestras vidas. Así que debemos pensar en qué
es lo primero que podemos hacer para ir concretando nuestro
objetivo principal. Aquí conviene que recordemos que
todo lleva un proceso. Y que no conviene apresurarse.
Las
ramas principales suelen ser las que coinciden con las necesidades
vitales, con la supervivencia, con los recursos básicos.
Esto sucede en todas las ocupaciones, remuneradas o no. Si
es una ama de casa, atenderá primero a lo básico,
conseguido esto, empezará a ocuparse de otras cosas.
Un médico hará igual y un carpintero, y así
en todas las especialidades existentes. Todas las ocupaciones
implican que primero hay que aprender el oficio, el que sea,
haciéndolo, como aspirante o aprendiz, después
ejercerlo con maestría, más tarde aún
se perfeccionará más.
De
acuerdo con nuestro oficio o aficiones, si ya hemos cubierto
nuestras necesidades básicas, elegiremos lo que consideramos
que es el indudable próximo paso a dar, ese próximo
paso se transforma, por ahora, en nuestro objetivo principal,
en el que debemos resolver primero. Si sigue estando en la
misma línea, en la de estar en consonancia con el impulso
evolutivo, dirigiremos toda la fuerza que sostiene a todo
el árbol estructurado por nuestro deseo y al propio
impulso evolutivo a una sola tarea, a la que debemos hacer
primero. Sin perder de vista el objetivo principal, del que
ya nos hemos hecho una imagen muy detallada, que será
la guía para todo nuestro trabajo.
A
veces conviene subdividir cada tarea, como un metro, que está
subdividido en centímetros y en milímetros,
sin dejar de ser un metro. Conviene prestarle atención
a todos los detalles, si tenemos que salir de casa, nos habremos
acicalado y vestido. Parece obvio, pero también hubo
que pensarlo, decidirlo, y hacerlo.
El
objetivo elegido puede ser, todavía, un poco amplio,
puede abarcar dos o tres tareas previas, las podemos subdividir,
cada mínima tarea resultante será nuestro objetivo
principal. El orden se organiza desde la primera tarea necesaria
para ponerse en movimiento y, de paso, aprender con la práctica,
para las siguientes. Terminada la primera, inmediatamente
vendrá la segunda, sin pausa y sin prisa.
Al
iniciar la práctica, lo primero es atender y observar
lo más acertadamente posible, al gráfico, o
imagen, que nos hacemos de esta primera situación de
producir un cambio. Atención al interpretar lo que
percibimos, la nuestra es una situación concreta, si
se trata de una entrevista de trabajo, o un negocio, o un
examen, lo que está en juego es sólo un examen,
o una entrevista, o un negocio, no toda nuestra personalidad.
Ahora
sí, la concentración.
Por
este camino dejamos a la confusión atrás. Ahora
tenemos un objetivo muy concreto, debemos reunir información
sobre él utilizando todos los sistemas de percepción
y atendiendo a nuestras sensaciones. Al elegir un campo de
acción lo delimitamos, lo acotamos. Lo que significa
que toda nuestra capacidad de atención se concentrará
sobre esa parcela, toda la fuerza que emana de nuestro deseo
de conseguir un cambio más productivo en nuestra calidad
de vida la concentramos sobre esta única zona.
Concentrar,
es reunir en un centro o punto lo que estaba separado. La
fuerza, la energía que disponemos, suele dispersarse
en imágenes demasiado amplias, o en la simple sumatoria
de deseos parciales. Si la concentramos sobre un solo punto,
que será el centro de nuestra actividad, nos permitirá
hacer un reconocimiento acertado y objetivado de la situación
que tenemos que resolver.
Esto
nos permitirá evaluar las características generales
y particulares de la actividad que debemos desarrollar, y
con esta evaluación podremos trazarnos planes adecuados,
ponerlos en práctica y cumplirlos.
Contamos
con una fuerza doble, la nuestra de siempre, más la
que hemos reconocido como el impulso evolutivo, que viene
de muy lejos, pasa por nosotros y seguirá después
de nosotros. Esto es nuevo, no estaba en nuestra conciencia
cotidiana. Nos entusiasma, pero nos crea incertidumbre, incluso
inquietud.
Si
tiene alguna sugerencia o duda sobre este capítulo
comuníquese con el autor, en alberto.costa@tiscali.es
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