Alberto Costa es un estudioso de la condición humana. Trabaja como Psicoterapeuta Experto en Coaching, asesorando y respondiendo a las consultas que le hacen sobre Logro de Objetivos y Desarrollo Personal y Profesional. Atiende personalmente, en su consultorio o en Internet, a clientes individuales, grupales e institucionales, además de dar charlas y escribir sobre el tema. Publicó, en 2003, su GUÍA PRÁCTICA PARA EL LOGRO DE OBJETIVOS, y varios artículos en periódicos y revistas, como Espacio Humano, Consumo, Verdemente, Indicador Económico, Vivir con Salud y Nueva Empresa. Actualmente está escribiendo “Un viaje por La Rueda de la Fortuna”. Durante varios años dictó el seminario "Aspectos Psico-sociales de la Producción Grupal" y fue Co-Director de la Asociación Ícaro y Director del Área de Psicoterapia Grupal en el Centro Asistencial Médico-Psicoterapéutico de la misma Asociación.



1. CONCENTRACIÓN

Es lo más difícil de conseguir. Hay que seguir un proceso. Si nos hemos decidido a producir un cambio en nuestra calidad de vida, de acuerdo a nuestros propios criterios de calidad, veremos que es una propuesta tan abarcadora, tan amplia, que puede producir vértigo. Este es el primer hecho que nos sorprende, la confusión, el no saber por donde empezar. Esto es lo normal, cualquier intento de negarlo, u omitirlo, nos conduciría a una mayor confusión, o a dejarlo, a permanecer tal cual. Después de todo, confusión no es más que desorden.

Cuando la propuesta es muy amplia salen todos los deseos en tropel, todos juntos, sin orden. Mejorar nuestra propia calidad de vida puede convocar imágenes de un coche nuevo, o una lavadora, unas vacaciones, cambiar de casa, de empleo, hacer un plan de estudios, o dejar de estudiar, buscar trabajo, jubilarse, en fin, todo esto y todas las variantes que abarcan el tópico de salud, amor y dinero. Entonces hay que poner orden. Y desde dónde, sino desde el entendimiento de la propia situación nueva. Nuestra propuesta de cambio nos coloca ante una situación distinta a todas las anteriores. Al proponernos un cambio, nos encontramos ante una situación nueva.

Las situaciones nuevas pueden provocar un conflicto entre lo deseado y la intranquilidad por lo que podremos encontrarnos en el camino, además de una cierta sensación de pérdida por el abandono de la relativa comodidad actual que tendremos que dejar. Pero queremos producir un cambio para mejorar nuestra calidad de vida, así que habrá que pasar a la acción. Y, necesariamente, lo primero es analizar, a la situación que queremos crear y a nuestras posibilidades como instrumentos de producción creativa.

Producir, significa engendrar o procrear, y es evidente que se procrea o engendra algo nuevo, por lo que nuestra actitud frente a este proceso tiene que ser casi virginal. La mayoría de nosotros hemos escuchado, o leído, aquello de “sólo sé que nada sé”. Esta es la actitud más correcta frente a una nueva situación, de ella no sabemos nada. Es nueva. Debemos juntar información sobre ella. Para eso contamos con nuestros sentidos, nuestros sistemas de percepción.

Revisemos algunos conceptos conocidos.

Nuestra percepción funciona, en principio, con nuestros cinco sentidos más habituales. Estos sentidos nos nutren con información, pero esta información es traducida por nuestro pensamiento más frecuente, el que todavía no incorporó, porque está en pleno proceso de producción, la nueva tarea que hemos decidido emprender. Esto nos puede conducir a dejarnos llevar por la primera impresión, por la apariencia, por el primer plano de lo que vemos, oímos, tocamos, gustamos, u olemos.

Los sentidos físicos pueden ajustarse, las gafas y los audífonos son un ejemplo. La interpretación de lo que nos informan nuestros sentidos, es lo que más nos debe importar en el momento en que decidimos emprender la tarea de mejorar nuestra calidad de vida. También puede y debe ajustarse. Lo fundamental es no dejarse aprisionar por lo que “parecen ser”, la gente, los conflictos y las cosas. Según sean las necesidades, de acuerdo con nuestro objetivo, es más que conveniente, volver a mirar, oír, tocar, gustar, u oler. Más de dos veces mejor.

Esta intencionalidad de verificar lo que se percibe de una situación determinada, de una persona, o de un objeto, nos servirá para todo, especialmente para definir con más precisión lo que nos hemos propuesto.

Aunque todavía estamos dentro de la confusión inicial, ya la podemos situar en el tiempo y el espacio, desde nuestra seguridad en que el pasado ya pasó, y para el futuro falta mucho, decidimos que el espacio es “aquí” y el tiempo “ahora”. Aquí y ahora, para elegir la dirección de nuestra próxima etapa. Esta ubicación es la que nos permitirá poner orden en la confusión, o caos, inicial.

Dijimos que confusión es desorden y que este desorden, en la etapa inicial, está producido por la irrupción de muchísimos deseos simultáneamente, inducidos por asociaciones con el deseo principal, el de mejorar nuestra calidad de vida.

Recordemos que el deseo principal nos lo representamos como un árbol. La forma más común que usamos es, tronco, una, dos, o varias ramas gruesas, otras ramas derivadas, y muchas más ramas menores. Como referencia imprescindible se debe tener en cuenta a las raíces. La parte que generalmente no está a la vista.

Las raíces son una parte muy importante. Para nosotros son una reserva de energía con la que usualmente no contamos. Como personas, con nuestra propia historia y la de toda la humanidad, desde que existe, llevamos en nosotros una fuerza, un impulso evolutivo, que se mantiene idéntico en todas las generaciones, y que funciona, aparentemente, por su cuenta.

Aunque no tengamos ganas, igual crecemos y llegamos a adultos y a viejos. A este impulso evolutivo lo conocemos, es lo que mucha gente dice, refiriéndose a los niños, que cada vez “vienen” más inteligentes. Es cierto, también son más altos. Y nosotros, seguramente, somos más inteligentes que nuestros padres y más altos.

Nuestro granito de arena.

Al impulso evolutivo lo conocemos, más de una vez nos hemos imaginado lo que pudo haber sido el camino de los seres humanos desde las cavernas hasta aquí. Una parte, la más cercana a nosotros, nos la pueden haber contado nuestros padres, o nuestros abuelos. Entonces, si la evolución, o el progreso, se va desarrollando, incluyendo nuestra participación, nuestro granito de arena, queda claro que el impulso evolutivo nos está señalando una línea, muy amplia, sobre la cual podemos ordenar los niveles de nuestra tarea.

Esta es una línea en la que las condiciones generales son favorables, como cuando andamos con el viento a favor. Nosotros, siguiendo esa línea, podemos comprobar que el título amplio de nuestro propósito está, por derecho propio, adjudicado al tronco del árbol, porque así lo refrendan sus raíces, porque desde los orígenes, se busca mejorar nuestra calidad de vida.

Y así sigue el trabajo individual e íntimo de cada persona con cada rama. A veces da buen resultado pensar en las hojas y en las flores o frutos de nuestro deseo, para organizar la estructura de las ramas principales, para darles nombre también a las secundarias y a todas las que las sigan.

Si lo del tronco y el título principal funcionó bien, sigamos con el mismo método para las ramas, vayamos poniendo cada rama, a las que ya dimos nombre, en el sitio adecuado, poniendo en orden nuestras necesidades con nuestras posibilidades actuales.

El árbol es un perfil nuestro, debemos organizarlo desde el tronco, donde cada rama principal es un sustento básico para los posibles frutos. Sin olvidar que estamos trabajando aquí y ahora, no en otro sitio, ni en otra época de nuestras vidas. Así que debemos pensar en qué es lo primero que podemos hacer para ir concretando nuestro objetivo principal. Aquí conviene que recordemos que todo lleva un proceso. Y que no conviene apresurarse.

Las ramas principales suelen ser las que coinciden con las necesidades vitales, con la supervivencia, con los recursos básicos. Esto sucede en todas las ocupaciones, remuneradas o no. Si es una ama de casa, atenderá primero a lo básico, conseguido esto, empezará a ocuparse de otras cosas. Un médico hará igual y un carpintero, y así en todas las especialidades existentes. Todas las ocupaciones implican que primero hay que aprender el oficio, el que sea, haciéndolo, como aspirante o aprendiz, después ejercerlo con maestría, más tarde aún se perfeccionará más.

De acuerdo con nuestro oficio o aficiones, si ya hemos cubierto nuestras necesidades básicas, elegiremos lo que consideramos que es el indudable próximo paso a dar, ese próximo paso se transforma, por ahora, en nuestro objetivo principal, en el que debemos resolver primero. Si sigue estando en la misma línea, en la de estar en consonancia con el impulso evolutivo, dirigiremos toda la fuerza que sostiene a todo el árbol estructurado por nuestro deseo y al propio impulso evolutivo a una sola tarea, a la que debemos hacer primero. Sin perder de vista el objetivo principal, del que ya nos hemos hecho una imagen muy detallada, que será la guía para todo nuestro trabajo.

A veces conviene subdividir cada tarea, como un metro, que está subdividido en centímetros y en milímetros, sin dejar de ser un metro. Conviene prestarle atención a todos los detalles, si tenemos que salir de casa, nos habremos acicalado y vestido. Parece obvio, pero también hubo que pensarlo, decidirlo, y hacerlo.

El objetivo elegido puede ser, todavía, un poco amplio, puede abarcar dos o tres tareas previas, las podemos subdividir, cada mínima tarea resultante será nuestro objetivo principal. El orden se organiza desde la primera tarea necesaria para ponerse en movimiento y, de paso, aprender con la práctica, para las siguientes. Terminada la primera, inmediatamente vendrá la segunda, sin pausa y sin prisa.

Al iniciar la práctica, lo primero es atender y observar lo más acertadamente posible, al gráfico, o imagen, que nos hacemos de esta primera situación de producir un cambio. Atención al interpretar lo que percibimos, la nuestra es una situación concreta, si se trata de una entrevista de trabajo, o un negocio, o un examen, lo que está en juego es sólo un examen, o una entrevista, o un negocio, no toda nuestra personalidad.

Ahora sí, la concentración.

Por este camino dejamos a la confusión atrás. Ahora tenemos un objetivo muy concreto, debemos reunir información sobre él utilizando todos los sistemas de percepción y atendiendo a nuestras sensaciones. Al elegir un campo de acción lo delimitamos, lo acotamos. Lo que significa que toda nuestra capacidad de atención se concentrará sobre esa parcela, toda la fuerza que emana de nuestro deseo de conseguir un cambio más productivo en nuestra calidad de vida la concentramos sobre esta única zona.

Concentrar, es reunir en un centro o punto lo que estaba separado. La fuerza, la energía que disponemos, suele dispersarse en imágenes demasiado amplias, o en la simple sumatoria de deseos parciales. Si la concentramos sobre un solo punto, que será el centro de nuestra actividad, nos permitirá hacer un reconocimiento acertado y objetivado de la situación que tenemos que resolver.

Esto nos permitirá evaluar las características generales y particulares de la actividad que debemos desarrollar, y con esta evaluación podremos trazarnos planes adecuados, ponerlos en práctica y cumplirlos.

Contamos con una fuerza doble, la nuestra de siempre, más la que hemos reconocido como el impulso evolutivo, que viene de muy lejos, pasa por nosotros y seguirá después de nosotros. Esto es nuevo, no estaba en nuestra conciencia cotidiana. Nos entusiasma, pero nos crea incertidumbre, incluso inquietud.

Si tiene alguna sugerencia o duda sobre este capítulo comuníquese con el autor, en alberto.costa@tiscali.es

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© 2003. Alberto Costa.