¿Cuál es la norma de lo normal? por Alberto Costa
Publicado
por Espacio Humano (www.espaciohumano.es)
en Octubre de 2004
Nuestro propósito es entender la necesidad de mejorar,
en todos los senti-dos, la propia personalidad. Y nos encontramos
con que lo mayoritariamente denominado normal es lo más
alejado de lo distinto, de lo desconocido, de lo que causa
inquietud, miedo, o confusión. Tal vez por eso la norma
vigente suele ser anticreativa y tendiente al acomodamiento.
El diccionario de la R.A.E. la define como la “Regla
que se debe seguir o a que se deben ajustar las conductas,
ta-reas, actividades, etc.” Evidentemente son reglas
controladoras, preventivas y cautelares, que seguramente están
muy bien en determinados sitios, frente a determinadas situaciones,
pero nuestro propósito debe desarrollarse de forma
totalmente libre y bastante audaz. Siguiendo lo que dijo el
Dr. James Watson, el co-descubridor de la estructura molecular
del ADN, en el diario El País, el 9 de abril de 2003,
“Nada de precaución. Cada vez que oigo hablar
del principio de precaución me sube la tensión.
Los que lo preconizan tienen miedo de hacer algo bueno por
si sucede algo malo no definido”.
Algunos
pensamos que la norma más normal es, sin ninguna duda,
la de la pro-pia vida, que es, entre otras muchas cosas, una
enciclopedia de sí misma. Pero en clave simbólica.
Los símbolos son los que dan una explicación
de la cali-dad y del impulso de la energía que está
implícita en todo crecimiento. Si uno se acerca a ellos
de a poco, como si pelara una cebolla, por ejemplo, con cada
capa que quita, descubre nuevas enseñanzas, cada capa
es más interna, por lo que cada vez los significados
son más profundos, al final aparece el cora-zón
y es en el que cada uno ve, de una nueva manera, su experiencia
y sus vi-vencias, que son las que le dan el sentido propio
al desarrollo de su vida y el im-pulso necesario para buscar
más amplias mejoras.
Algunos
cabalistas aseguran que la psique del hombre y toda la naturaleza,
fue-ron sembrados con símbolos. El analista Carl G.
Jung, dijo, “Cuando la mente explora al símbolo
se ve llevada a ideas que yacen más allá del
alcance de la conciencia”. Entendemos que lo dice de
la conciencia del propietario de esa mente en ese momento,
cuando comienza a explorar al símbolo, porque si conti-núa
con su exploración hasta entenderlo y leerlo dentro
del conjunto del sistema simbólico en el que esté,
su conciencia habrá crecido notablemente y, por lo
tan-to, habrá ampliado el alcance de su comprensión
usual. Y eso es lo que nos im-porta, el crecimiento integral,
de tal modo que en nuestra conciencia se incor-pore nuestro
saber sobre nosotros mismos, abarcando lo orgánico,
lo sentimental, lo emocional, lo sensorial y lo racional.
Lo que necesitamos es un desarrollo, voluntario y atento,
para que cada vez sea menos lo que queda “más
allá del alcance de la conciencia”.
Esto,
como todo, no es fácil. Siempre aparecen obstáculos,
para que pensemos más y mejor, seguramente. Uno de
los obstáculos más importantes para este de-sarrollo
voluntario y atento está implícito en una de
las definiciones de símbolo, la que dice que “es
una imagen, figura, o divisa, que representa un concepto moral
o intelectual, por alguna semejanza o correspondencia que
el entendimiento percibe entre este concepto y aquella imagen”.
Algunos de los más importantes símbo-los fueron
“sembrados” hace tal cantidad de siglos que la
mayoría de la gente ha olvidado su significado. Algunas
veces los han olvidado por sugeren-cia y acción punitiva
del poder establecido, otras por efecto del ritmo desaforado
con el que vive la mayoría y, a veces, por simple desconocimiento
de la existencia y permanencia actual de los sistemas simbólicos
y de los fines de crecimiento personal y social con los que
proyectan cumplir.
La definición
oficial de norma a veces se confunde con la de dogma, por
eso es tan quietista, tan ajena al movimiento permanente en
el que estamos inmer-sos. Movimiento del universo, del sistema
solar, de nuestro planeta, de nuestra sociedad, de las distintas
capas que forman a esta sociedad, de nuestros grupos de pertenencia
y de nuestro propio movimiento evolutivo, con sus avances
y sus retrocesos. Es fundamental tener en cuenta este movimiento
porque nuestra propia identidad es identidad en movimiento,
nadie es siempre igual, todos estamos en un determinado momento
evolutivo. Esto se enseñaba en todas las sociedades
primitivas que conocemos, en todas las culturas antiguas que
han dejado testimonio de su existencia, también en
sociedades secretas, cuando se perseguía a la difusión
del conocimiento de las posibilidades de crecimiento per-sonal
y espiritual. Los alquimistas, que usaban un lenguaje simbólico
muy her-mético para ocultar el verdadero significado
de sus textos, porque corrían peligro real de ir a
parar a la hoguera, decían que todo su trabajo estaba
dirigido a lograr La Gran Obra, que es un proceso de integración
de lo consciente (principio mas-culino), con lo inconsciente
(principio femenino), para lograr la producción de
un nuevo ser, que es el propio alquimista desarrollado en
toda su potencialidad física, mental y espiritual.
Cuando
surgió el Psicoanálisis de Sigmund Freud y sus
discípulos, no comenzó todo desde cero. Sus
antecesores les habían dejado muchas pistas, en forma
de símbolos. Hasta el Tarot y la Astrología,
que suelen usarse globalmente con fines lúdicos, son
sistemas simbólicos de crecimiento que indican un posible
ca-mino, siempre mejorable, que viene desde nuestro origen
y va hacia nuestro futu-ro. Gracias al hilo conductor que
ya hablaba del inconsciente como factoría de nuestras
potencialidades, Freud y Jung, con gran habilidad personal,
adaptaron sus conocimientos, que fueron luego en dos direcciones
muy distintas, a un len-guaje científico que suponían
imprescindible. La aceptación del Inconsciente y de
la sexualidad infantil por la comunidad científica
fue muy importante, la es-tructuración de un método
de trabajo para la cura de las patologías psíquicas
también fue muy importante, pero entre tantas cosas
importantes se fue dejando de lado, en el lenguaje psicológico,
la necesidad de trasmitir a toda la sociedad, como históricamente
se hacía, ceremonialmente, a los adolescentes, el proceso
consciente del desarrollo y de sus etapas. Por lo que actualmente,
en el lenguaje oficial, lo normal se define como lo no enfermo
y como consecuencia todo aquello que no se atenga a la norma
se cataloga como enfermo.
Ahora que estamos viviendo una época tan confusa que
anuncia tantos cambios, no tenemos más opción
que volver a preguntarnos sobre nuestra verdadera iden-tidad,
ya que vimos que está en permanente movimiento evolutivo
e involuti-vo, por lo que tiende a convertirse en otra cosa.
Por eso nos interesa entender nuestras propias posibilidades
de mejorarnos y por eso queremos ampliar al máximo
el alcance de nuestra conciencia.
Porque
con solo pensar en la teoría de Darwin sobre la evolución
de las especies y aceptar que nuestros primeros antepasados
fueron los primates y que los cam-bios hasta llegar a lo que
ahora somos - algo muy perfectible evidentemente - fueron
lentos y de crecimientos muy desparejos, podemos darnos cuenta
que ya estamos evolucionando hacia un nuevo estado, o hacia
una nueva especie. Con lo que debemos volver a preguntarnos:
¿Cuál es la norma de lo normal?.
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