Alberto Costa es un estudioso de la condición humana. Trabaja como Psicoterapeuta Experto en Coaching, asesorando y respondiendo a las consultas que le hacen sobre Logro de Objetivos y Desarrollo Personal y Profesional. Atiende personalmente, en su consultorio o en Internet, a clientes individuales, grupales e institucionales, además de dar charlas y escribir sobre el tema. Publicó, en 2003, su GUÍA PRÁCTICA PARA EL LOGRO DE OBJETIVOS, y varios artículos en periódicos y revistas, como Espacio Humano, Consumo, Verdemente, Indicador Económico, Vivir con Salud y Nueva Empresa. Actualmente está escribiendo “Un viaje por La Rueda de la Fortuna”. Durante varios años dictó el seminario "Aspectos Psico-sociales de la Producción Grupal" y fue Co-Director de la Asociación Ícaro y Director del Área de Psicoterapia Grupal en el Centro Asistencial Médico-Psicoterapéutico de la misma Asociación.



¿CUÁNDO COMIENZAN LOS CAMBIOS? Por Alberto Costa

(Publicado por Revista CONSUMO, Edición 29, Noviembre 2003.)


Esta pregunta se la están haciendo muchas personas, algunas de ellas han leído mis artículos anteriores y me consultan, otras no. Pero es un tema que inquieta. Porque llegado noviembre, con las actividades ya organizadas, los hijos en el colegio o el instituto, habiendo elegido un objetivo muy concreto para lograr, bien delimitado el campo de acción, divididas las tareas en áreas muy pequeñas para andar paso a paso, ¿cuándo comienzan los cambios? Ya mismo. Lo más importante es tener muy claro que la soledad que puede sentir cualquier adulto frente a lo cotidiano, a la rutina diaria, no es más que una fantasía que, a veces, constituye un obstáculo serio que dificulta la visión de conjunto.

Porque todas las cosas y las personas están y actúan en conjunto, interrelacionadas, desde el grupo familiar hasta el laboral, pasando por el amistoso y el más complicado de entender a primera vista, el propio grupo interno. Cada persona es, operativamente, un conjunto. Tiene muchas facetas distintas, los roles, que se asumen diariamente en situaciones dispares. En la familia y en el trabajo, por ejemplo. Háganse la siguiente idea: cada faceta de actividad es un área de un círculo que constituye toda su personalidad.

Para hacerlo más gráfico tomen un compás y tracen un círculo, después desde el centro tracen unas líneas, radios, hasta el perímetro del círculo, pueden dividir el círculo en cuatro, seis, ocho, o más sectores. Cada sector delimita un área. Cada área es un campo de actividad, laboral, familiar, de ocio, de amistades, en una se es hijo o hija, en otra se es padre o madre, en otra hermano o hermana, marido o mujer, y hay muchas más. Todas coinciden en el centro, en el punto que sirvió para trazar el círculo. Ese centro es su intimidad, en ella confluyen todas sus actividades y desde ella parten todas sus actitudes y decisiones. Nuestras personalidades son un sistema complejo de interactividades.

Cualquier situación que analicemos está dentro de un sistema determinado que tiene un conjunto de reglas, o principios, que lo entrelazan y lo definen. Pero se ha comprobado que cualquier sistema comienza a modificarse en el momento que una de sus partes integrantes decide cambiar su propio funcionamiento. Este es un concepto que comenzó a estudiarse en la física cuántica y, por su importancia, se fue incorporando a la psicología dinámica y a todas las ciencias sociales. Traducido al lenguaje cotidiano significa que los cambios comienzan exactamente en el momento en que nos los proponemos, porque nuestra primera acción es observar y analizar nuestro campo de acción y al sistema con el que estamos funcionando, con lo cual este sistema comienza a modificarse y con él toda nuestra actividad, y los resultados conseguidos, comienzan a cambiar.

Un ejemplo del ámbito familiar.

Un padre de dos adolescentes me contó que en su casa no se hablaban, pero no estaban enfadados ni habían quejas, simplemente no se hablaban, comían y cenaban juntos, pero sólo comentaban, con muy pocas palabras, algún incidente de los telediarios o de la serie, película, o partido que estuvieran viendo por televisión. Me decía que sus hijos habían cambiado, pero él no tenía ni la menor idea de la dirección de ese cambio, excepto en lo más evidente, en su aspecto físico, en sus maneras y en su forma de vestirse. Se sentía como un extraño en su casa y se le ocurrió que sus hijos podían estar sintiendo algo similar.

Le sugerí que intentara un cambio de situación, comenzando por el sitio de reunión, aprovechando algún día significativo. Le gustó la idea y el día de su cumpleaños organizó una cena fuera de su casa, con su mujer y sus hijos. Al principio tuvo miedo de que no le aceptaran la invitación por cualquier motivo que tendría que admitir, pero se arriesgó y tuvo éxito. En la cena les hizo algunos comentarios sobre su propia actividad y cautelosamente les preguntó a sus hijos sobre sus intereses y perspectivas. Dio y tuvo respuestas y encontraron puntos en común sobre los que podrían seguir hablando en otras ocasiones. Y así fue.

En su casa comenzaron a conocerse más y a intimar. Ahora se siente menos solo y más abierto a colaborar con sus hijos, para que también se sientan menos solos y tengan más conciencia de grupo familiar, cooperante y solidario. Este padre consiguió un cambio agradable y gratificante para él y para los suyos desde el momento en que decidió hacer el primer movimiento, la primera acción. Desde su intimidad hacia fuera, desde su centro vital y sentimental hacia los otros, hacia sus hijos, en este caso. Pero en todos los casos el proceso de cambio es igual, comienza en el centro, porque en el centro está el corazón, y desde ahí emite sentimientos hacia fuera. Siempre supimos que uno, o una, cosecha de acuerdo a lo que siembra.

Un ejemplo del ámbito laboral.

Un hombre joven, comercial, con pareja estable y trabajo fijo, es promocionado a una categoría superior, en la que tiene nuevas y mayores responsabilidades. Comienza a visitar clientes de la empresa que son de primera categoría. Está en una etapa de prueba, a todas sus visitas lo acompaña un supervisor, que será quien informe a la empresa sobre el desarrollo de sus actividades y, eventualmente, lo puede ayudar en algún tema que todavía se le escape.

En su rendimiento comercial este hombre no tiene mayores problemas, es un buen profesional y conoce su oficio. Pero está agobiado, fuera de su trabajo está de mal humor e inquieto, además no duerme bien. Siente que algo no funciona. Con el supervisor no tiene problemas. Son sus clientes nuevos, que suelen ser personas mayores, con mucha jerarquía empresarial, los que lo ponen mal. Antes de hacer una visita, que ya está previamente concertada, repasa todos sus argumentos, los datos comerciales y personales que tiene de sus nuevos clientes y las distintas alternativas que se le pueden presentar. Aparentemente está todo muy bien. Pero él sufre. Antes de entrar al edificio tiene temblores y le sudan las manos.

En el momento oportuno le pregunté a quienes se parecían sus clientes, primero no entendió la pregunta, se desconcertó, dudó, y después me dijo que no se parecían a nadie, pero que antes de cada visita no podía dejar de pensar en su padre que, usualmente, cuando era pequeño, le decía que él no sería capaz de hacer cosas importantes. Esto es algo que, lamentablemente, sucede a menudo, un padre que daña la autoestima de su hijo porque sí, por sus propios problemas. Le señalé que el ascenso que le estaba dando su empresa desmentía la opinión de su padre. En cuanto tomó conciencia de ello, se peleó, internamente, con su padre y lo descalificó como juez de su actividad actual. Desde ese momento comenzó a estar mucho mejor. Actualmente va solo a sus visitas, su supervisor le dio el visto bueno y la empresa lo confirmó en su nuevo puesto.

Una vez que este profesional consiguió discriminar su trabajo, como algo muy distinto a los recuerdos que lo abrumaban, comenzó a cambiar, a rendir bien y a disfrutar de su éxito profesional, lo que, a su vez, le permitió acomodar todas las demás áreas de su vida, que se estaban resintiendo.

Con este ejemplo volvemos a ver que el cambio comienza en el centro de toda actividad, en una especie de conducto, o vínculo emocional, que va del corazón a la mente y retorna de la mente al corazón. En ese sitio, que todos y todas tenemos, es donde se originan los cambios, los más beneficiosos. ¿Cuándo? Cuando ese conducto esté perfectamente limpio de bloqueos no deseados.

>> volver a índice  

© 2003. Alberto Costa.