Alberto Costa es un estudioso de la condición humana. Trabaja como Psicoterapeuta Experto en Coaching, asesorando y respondiendo a las consultas que le hacen sobre Logro de Objetivos y Desarrollo Personal y Profesional. Atiende personalmente, en su consultorio o en Internet, a clientes individuales, grupales e institucionales, además de dar charlas y escribir sobre el tema. Publicó, en 2003, su GUÍA PRÁCTICA PARA EL LOGRO DE OBJETIVOS, y varios artículos en periódicos y revistas, como Espacio Humano, Consumo, Verdemente, Indicador Económico, Vivir con Salud y Nueva Empresa. Actualmente está escribiendo “Un viaje por La Rueda de la Fortuna”. Durante varios años dictó el seminario "Aspectos Psico-sociales de la Producción Grupal" y fue Co-Director de la Asociación Ícaro y Director del Área de Psicoterapia Grupal en el Centro Asistencial Médico-Psicoterapéutico de la misma Asociación.



2. MEMORIA.

Saber que nuestra usual definición de nosotros mismos es parcial, que no abarca todo lo que somos, porque somos algo más. Bastante más. Es algo que conmociona profundamente. No es una novedad, estamos enterados, lo sabemos, nos lo contaron, lo leímos, o lo escuchamos, pero no siempre lo tuvimos en cuenta. Resulta más fácil pensarse como una unidad dependiente exclusivamente de nuestra voluntad. Pero no es así.

Lo nuestro es una permanente y repetida dualidad. Entre nuestra conciencia, que es como la parte visible de un iceberg y todo nuestro sistema inconsciente, del cual no podemos dar cuenta. Ni de su amplitud, ni de su calidad, ni de su cantidad. A veces podemos deducir su enorme importancia por pequeñas muestras accesibles a nuestro entendimiento usual.

Nuestro organismo, por ejemplo, comenzó a formarse y se completó, sin que nuestra voluntad tuviera ningún papel. Cuando movemos un brazo, o una pierna, en una situación normal, desarrollamos una acción voluntaria, pero pestañamos, por ejemplo, según las necesidades de nuestros ojos, sin pensarlo premeditadamente. La realidad es que primero existimos, mucho más tarde pensamos, y sentimos y nos emocionamos.

Conocemos la constitución de nuestro organismo por haberlo estudiado, pero la mayoría de las veces nos enteramos de la existencia de algún órgano o glándula cuando no funciona bien, cuando nos duele, o cuando nos enfermamos. Lo más normal es que los pulmones, el corazón, el hígado, y todos los demás órganos, glándulas, músculos, huesos, células y sistemas más complejos, funcionen sin que nuestro pensamiento los determine.

Esto nos indica que el impulso evolutivo funciona en cada uno de nosotros, con particularidades propias, más allá de nuestro pensamiento habitual, muchísimo más allá todavía de lo que comúnmente llamamos nuestra voluntad.

Ya lo vimos anteriormente, nuestra identidad es el centro, el punto de cruce, de una línea que representa la particularidad de nuestra propia historia, con otra línea, que es la historia del impulso evolutivo, del desarrollo de la energía vital que comenzó con el inicio del universo, con la formación de nuestro planeta, con la aparición de los primeros micro-organismos, hasta llegar a nosotros. Y se nos manifiesta como la necesidad básica de nuestra especie que bien puede ser representada por el precepto bíblico que dice “Creced y multiplicaos”, que es nuestro instinto erótico, dirigido, en principio, hacia la reproducción de la especie.

Incorporar esto a nuestra conciencia no es fácil. Pero es fundamental. Porque al manifestar nuestro deseo de evolución personal, de mejorar nuestra calidad de vida, estamos en consonancia con las necesidades de todos nuestros congéneres. Lo que significa que no estamos solos en nuestra tarea. A pesar de que la primera apariencia indique lo contrario, la soledad es una ilusión.

Los opuestos complementarios.

Conviene pensar sobre esto, porque al proponernos un objetivo muy concreto descubrimos que tenemos más instrumentos que los que suponíamos. La dualidad que se forma entre los dos conceptos, ilusoriamente separados, que son: nosotros como personas, y nosotros como una unidad más del conjunto de la especie humana, tenemos que unirla en nuestra conciencia. Somos las dos cosas simultáneamente, por lo que nuestra fuerza se multiplica.

Y cuando hablamos de nuestra fuerza lo hacemos siempre refiriéndonos a la nuestra en relación con nuestra tarea. Tenemos un objetivo amplio y hemos determinado cuál será nuestro primer paso, después lo encadenaremos con otros que nos llevarán a conseguir lo que nos hemos propuesto. Porque el éxito se va viviendo durante el proceso, con la sucesión natural de cada una de las tareas que se van logrando.

Nuestra fuerza se multiplica en el momento en que tomamos conciencia de ella. Porque las personas, al vivir en sociedad, transformamos instintos parciales, que pertenecen a etapas muy primitivas del desarrollo humano, en impulsos culturales más creativos, individual y socialmente, y estos mantienen toda su gran capacidad energética, la misma que tiene el propio instinto de reproducción. El arte y la ciencia nos lo señalan en cada una de sus manifestaciones.

Entender esto nos permite tener una idea de toda nuestra potencialidad, aunque todavía nos falte un poco de práctica, por eso debemos volver, una y otra vez, a concentrarnos en el objetivo elegido y seguir juntando información clara, precisa y real sobre nuestra tarea, sobre nosotros mismos y sobre la interacción que se da entre nuestra tarea y nosotros.

Porque el trabajo que estamos haciendo nos va cambiando, éramos de una manera determinada antes de tomar la decisión de mejorar nuestra calidad de vida, cambiamos al tomar la decisión y seguimos cambiando mientras avanzamos en el camino que elegimos. Ante nosotros, y ante los demás, si fuera necesario, nos definimos por lo que somos y por lo que estamos haciendo hoy, aquí y ahora.

Posiblemente lo más importante que vemos, en este momento, es la necesidad de incorporar el concepto de dualidad a nuestra definición de nosotros mismos y de los demás. Es una cuestión básica, fundamental. Debemos ampliar nuestro campo de conciencia. Lo que normalmente conocemos como inconsciente, no consciente, o subconsciente, no es un simple enunciado teórico, es una realidad, y como tal debemos incorporarla al definirnos. Por una simple cuestión práctica, somos así, así estamos hechos. Y es muy útil, para todo. Especialmente para la resolución de la tarea que nos hemos propuesto.

Porque ya hemos visto que debemos volver, una y otra vez, a la concentración sobre esta tarea y que debemos juntar el máximo de información posible, revisándola frecuentemente para asegurarnos que entendemos bien lo que tenemos que hacer. Y ¿dónde depositamos los datos que percibimos? En la memoria.

El protagonismo de la memoria.

Nuestra memoria, necesariamente, abarca dos planos. Nosotros no podemos mantener en el primer plano de la conciencia todo lo que percibimos. Debemos, inevitablemente, utilizar otros planos, no conscientes. Ese es el papel de nuestra memoria, que funciona como un gran archivo. Almacena todo lo que hemos vivido, pensado o sentido. Todo lo que nuestros sentidos han percibido. Incluso datos de la realidad que no hemos pensado conscientemente. Es más, acaudala datos que han incorporado todos los seres humanos desde el inicio de su vida como tales. Los nuevos y asombrosos descubrimientos de la genética lo confirman.

Esto significa que tenemos a nuestra disposición una infinita cantidad de conocimientos acumulados en nuestra memoria. Datos precisos, propios y ajenos, aunque, para ser más exactos, nada de lo que haya pensado, sentido, o hecho, cualquier ser humano, nos es ajeno. Todos, con distintas especializaciones, estamos en la misma historia, todos buscamos adaptación y mejoría. Puede ser que no recordemos, automáticamente, quién inventó el teléfono, pero lo usamos y lo reconocemos como un gran avance para el intercambio de información. Y así, con todo.

De la memoria no desaparece nada, más de uno se habrá asombrado al recordar nítidamente algún suceso de su infancia, o algún relato que pudo hacerle su abuelo, o una escena de una película, o de una novela. La información disponible es tan amplia que permanece por detrás del primer plano de nuestra mente. Pero, al primer estímulo, surgen los datos que necesitamos.

De esta manera, cuando nos concentramos en nuestra tarea actual surgen de nuestra memoria todo lo que sabemos que necesitamos, más una cantidad considerable de situaciones similares que nos pueden ser muy útiles. O no. Depende de la interpretación que hayamos hecho de los sucesos o sensaciones allegadas. Y no sólo de nuestras interpretaciones, también de las que hayan hecho nuestros antecesores. Sabemos que algunos tabúes aparentemente inamovibles dejan de serlo en algún momento. Por eso es tan importante la verificación de lo que observamos y la corroboración de todo lo que percibimos.

Si tiene alguna sugerencia o duda sobre este capítulo comuníquese con el autor, en alberto.costa@tiscali.es

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© 2003. Alberto Costa.