2. MEMORIA.
Saber
que nuestra usual definición de nosotros mismos es
parcial, que no abarca todo lo que somos, porque somos algo
más. Bastante más. Es algo que conmociona profundamente.
No es una novedad, estamos enterados, lo sabemos, nos lo contaron,
lo leímos, o lo escuchamos, pero no siempre lo tuvimos
en cuenta. Resulta más fácil pensarse como una
unidad dependiente exclusivamente de nuestra voluntad. Pero
no es así.
Lo
nuestro es una permanente y repetida dualidad. Entre nuestra
conciencia, que es como la parte visible de un iceberg y todo
nuestro sistema inconsciente, del cual no podemos dar cuenta.
Ni de su amplitud, ni de su calidad, ni de su cantidad. A
veces podemos deducir su enorme importancia por pequeñas
muestras accesibles a nuestro entendimiento usual.
Nuestro
organismo, por ejemplo, comenzó a formarse y se completó,
sin que nuestra voluntad tuviera ningún papel. Cuando
movemos un brazo, o una pierna, en una situación normal,
desarrollamos una acción voluntaria, pero pestañamos,
por ejemplo, según las necesidades de nuestros ojos,
sin pensarlo premeditadamente. La realidad es que primero
existimos, mucho más tarde pensamos, y sentimos y nos
emocionamos.
Conocemos
la constitución de nuestro organismo por haberlo estudiado,
pero la mayoría de las veces nos enteramos de la existencia
de algún órgano o glándula cuando no
funciona bien, cuando nos duele, o cuando nos enfermamos.
Lo más normal es que los pulmones, el corazón,
el hígado, y todos los demás órganos,
glándulas, músculos, huesos, células
y sistemas más complejos, funcionen sin que nuestro
pensamiento los determine.
Esto
nos indica que el impulso evolutivo funciona en cada uno de
nosotros, con particularidades propias, más allá
de nuestro pensamiento habitual, muchísimo más
allá todavía de lo que comúnmente llamamos
nuestra voluntad.
Ya
lo vimos anteriormente, nuestra identidad es el centro, el
punto de cruce, de una línea que representa la particularidad
de nuestra propia historia, con otra línea, que es
la historia del impulso evolutivo, del desarrollo de la energía
vital que comenzó con el inicio del universo, con la
formación de nuestro planeta, con la aparición
de los primeros micro-organismos, hasta llegar a nosotros.
Y se nos manifiesta como la necesidad básica de nuestra
especie que bien puede ser representada por el precepto bíblico
que dice “Creced y multiplicaos”, que es nuestro
instinto erótico, dirigido, en principio, hacia la
reproducción de la especie.
Incorporar
esto a nuestra conciencia no es fácil. Pero es fundamental.
Porque al manifestar nuestro deseo de evolución personal,
de mejorar nuestra calidad de vida, estamos en consonancia
con las necesidades de todos nuestros congéneres. Lo
que significa que no estamos solos en nuestra tarea. A pesar
de que la primera apariencia indique lo contrario, la soledad
es una ilusión.
Los
opuestos complementarios.
Conviene
pensar sobre esto, porque al proponernos un objetivo muy concreto
descubrimos que tenemos más instrumentos que los que
suponíamos. La dualidad que se forma entre los dos
conceptos, ilusoriamente separados, que son: nosotros como
personas, y nosotros como una unidad más del conjunto
de la especie humana, tenemos que unirla en nuestra conciencia.
Somos las dos cosas simultáneamente, por lo que nuestra
fuerza se multiplica.
Y
cuando hablamos de nuestra fuerza lo hacemos siempre refiriéndonos
a la nuestra en relación con nuestra tarea. Tenemos
un objetivo amplio y hemos determinado cuál será
nuestro primer paso, después lo encadenaremos con otros
que nos llevarán a conseguir lo que nos hemos propuesto.
Porque el éxito se va viviendo durante el proceso,
con la sucesión natural de cada una de las tareas que
se van logrando.
Nuestra
fuerza se multiplica en el momento en que tomamos conciencia
de ella. Porque las personas, al vivir en sociedad, transformamos
instintos parciales, que pertenecen a etapas muy primitivas
del desarrollo humano, en impulsos culturales más creativos,
individual y socialmente, y estos mantienen toda su gran capacidad
energética, la misma que tiene el propio instinto de
reproducción. El arte y la ciencia nos lo señalan
en cada una de sus manifestaciones.
Entender
esto nos permite tener una idea de toda nuestra potencialidad,
aunque todavía nos falte un poco de práctica,
por eso debemos volver, una y otra vez, a concentrarnos en
el objetivo elegido y seguir juntando información clara,
precisa y real sobre nuestra tarea, sobre nosotros mismos
y sobre la interacción que se da entre nuestra tarea
y nosotros.
Porque
el trabajo que estamos haciendo nos va cambiando, éramos
de una manera determinada antes de tomar la decisión
de mejorar nuestra calidad de vida, cambiamos al tomar la
decisión y seguimos cambiando mientras avanzamos en
el camino que elegimos. Ante nosotros, y ante los demás,
si fuera necesario, nos definimos por lo que somos y por lo
que estamos haciendo hoy, aquí y ahora.
Posiblemente
lo más importante que vemos, en este momento, es la
necesidad de incorporar el concepto de dualidad a nuestra
definición de nosotros mismos y de los demás.
Es una cuestión básica, fundamental. Debemos
ampliar nuestro campo de conciencia. Lo que normalmente conocemos
como inconsciente, no consciente, o subconsciente, no es un
simple enunciado teórico, es una realidad, y como tal
debemos incorporarla al definirnos. Por una simple cuestión
práctica, somos así, así estamos hechos.
Y es muy útil, para todo. Especialmente para la resolución
de la tarea que nos hemos propuesto.
Porque
ya hemos visto que debemos volver, una y otra vez, a la concentración
sobre esta tarea y que debemos juntar el máximo de
información posible, revisándola frecuentemente
para asegurarnos que entendemos bien lo que tenemos que hacer.
Y ¿dónde depositamos los datos que percibimos?
En la memoria.
El
protagonismo de la memoria.
Nuestra
memoria, necesariamente, abarca dos planos. Nosotros no podemos
mantener en el primer plano de la conciencia todo lo que percibimos.
Debemos, inevitablemente, utilizar otros planos, no conscientes.
Ese es el papel de nuestra memoria, que funciona como un gran
archivo. Almacena todo lo que hemos vivido, pensado o sentido.
Todo lo que nuestros sentidos han percibido. Incluso datos
de la realidad que no hemos pensado conscientemente. Es más,
acaudala datos que han incorporado todos los seres humanos
desde el inicio de su vida como tales. Los nuevos y asombrosos
descubrimientos de la genética lo confirman.
Esto
significa que tenemos a nuestra disposición una infinita
cantidad de conocimientos acumulados en nuestra memoria. Datos
precisos, propios y ajenos, aunque, para ser más exactos,
nada de lo que haya pensado, sentido, o hecho, cualquier ser
humano, nos es ajeno. Todos, con distintas especializaciones,
estamos en la misma historia, todos buscamos adaptación
y mejoría. Puede ser que no recordemos, automáticamente,
quién inventó el teléfono, pero lo usamos
y lo reconocemos como un gran avance para el intercambio de
información. Y así, con todo.
De
la memoria no desaparece nada, más de uno se habrá
asombrado al recordar nítidamente algún suceso
de su infancia, o algún relato que pudo hacerle su
abuelo, o una escena de una película, o de una novela.
La información disponible es tan amplia que permanece
por detrás del primer plano de nuestra mente. Pero,
al primer estímulo, surgen los datos que necesitamos.
De
esta manera, cuando nos concentramos en nuestra tarea actual
surgen de nuestra memoria todo lo que sabemos que necesitamos,
más una cantidad considerable de situaciones similares
que nos pueden ser muy útiles. O no. Depende de la
interpretación que hayamos hecho de los sucesos o sensaciones
allegadas. Y no sólo de nuestras interpretaciones,
también de las que hayan hecho nuestros antecesores.
Sabemos que algunos tabúes aparentemente inamovibles
dejan de serlo en algún momento. Por eso es tan importante
la verificación de lo que observamos y la corroboración
de todo lo que percibimos.
Si tiene
alguna sugerencia o duda sobre este capítulo comuníquese
con el autor, en alberto.costa@tiscali.es
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