0. EL PUNTO DE PARTIDA.
El
logro de objetivos puede ser una determinación o un
simple enunciado. Si enmarcamos el tema que nos ocupa dentro
de nuestras aspiraciones más amplias, el simple enunciado
de un objetivo muy bien definido y delimitado se transformará
en determinación. Por eso el punto de partida para
el proceso de desarrollo de nuestra potencialidad creativa,
debe ser el reconocimiento de nuestro único, verdaderamente
nuestro, instrumento de precisión, nosotros mismos.
Debemos conocernos mejor.
Conocernos
mejor, implica tomar conciencia del marco general y particular
que constituye nuestra manera de pensar y, por lo tanto, de
actuar. Esto es imprescindible cuando nos proponemos lograr
cambios más creativos en nuestra propia personalidad
y en nuestro entorno, por ejemplo.
Conviene
recordar que nuestra personalidad y la de cada uno de los
que habitamos este planeta, es el centro, el punto de intersección,
de dos líneas. Una línea vertical, que es la
historia de toda nuestra familia, en sus dos ramas, y también
la historia de toda la humanidad, desde que existe. Y una
línea horizontal que la cruza y que es nuestra propia
historia personal, completa, desde la primera infancia, con
todos los acontecimientos que más influyeron en nuestra
formación, incluidos los que, en principio, no recordamos.
Esta es la situación de cada uno de nosotros, los seres
humanos, en cada momento.
Las
dos explicaciones.
La
tradición cultural de occidente está profundamente
marcada por la explicación bíblica del origen
del universo y de su desarrollo. Permanece desde hace más
de 50 siglos. Casi todas las estructuras sociales la mantienen,
y está presente, en nosotros, como base, como sustento,
de todo nuestro pensamiento, seamos religiosos o no.
Como
aparente contraposición conocemos, con mayores o menores
datos técnicos, la teoría de la Gran Explosión,
o Big Bang.
Ésta
se habría generado por una gran concentración
de energía que al explosionar formó el universo
y originó los movimientos de expansión y de
rotación, que se ven en las galaxias, y se repiten
en nuestro sistema solar, en nuestro planeta y en nosotros
mismos, ya que cada átomo de nuestro organismo está
compuesto por un núcleo con protones, neutrones y electrones
que se mueven en órbitas. Como el mismo universo.
Esta
energía, la que originó la Gran Explosión,
podría ser la misma que menciona la versión
bíblica, con otra forma. Está intacta en nuestros
días, y seguirá estándolo por mucho tiempo,
ya que la energía no desaparece nunca. Puede transformarse,
pero no desaparecer.
Dicen
los científicos que es más que improbable que
el universo tenga fronteras. Y lo dicen por observaciones
directas, hechas con telescopios ultra sofisticados, lo que
les permite afirmar que aquella concentración de energía
fue tan potente que sigue existiendo tal cual. Que permanece,
en distintas formas, en todo el universo, que sigue evolucionando.
En
la explicación bíblica, Dios crea al universo
y a todos los seres que en él habitan. Crea al hombre
y a la mujer a su imagen y semejanza. Tenemos que entender
y tener en cuenta, dentro de este contexto, que para hacer
lo que hizo debía tener una gran energía concentrada
en su hacer, o que Él mismo era, es y será,
pura energía. Por eso su omnipotencia y su omnipresencia.
Podría
entenderse que estas dos explicaciones están hablando
de lo mismo, desde distintos puntos de vista, de una gran
concentración de energía en el origen de todo.
Debemos tener en cuenta que si las dos líneas de pensamiento,
predominantes en nuestra época, dentro de nuestra cultura
occidental, concluyen en una gran concentración de
energía, en el principio, en el origen de los tiempos,
nos importa a todos, porque de esa energía formamos
parte, de ella nos nutrimos y por ella vivimos.
Dice
el diccionario de la Real Academia Española que energía
es la capacidad para realizar un trabajo. Hacer una tarea
de cualquier índole es trabajo. Vivir, día a
día, es un trabajo.
Y
aparecemos nosotros.
Con
la explicación del origen de la vida pasa algo similar
a lo que sucede con la del origen del universo, hay dos versiones
principales. Está la bíblica, en la que Dios
creó al hombre y a la mujer en el sexto día:
“Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya,
a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.”
(Génesis 1-27.)
Y
también tenemos la teoría de la evolución
de las especies, de la que sabemos que la vida se originó
en nuestro planeta a partir de organismos unicelulares, acuáticos,
y fue evolucionando, según las necesidades de adaptación
al medio ambiente. Conviene destacar que cuando se dice que
sobreviven los más fuertes, se sobreentiende que la
fuerza de la que se habla es la habilidad para adaptarse al
medio y a los cambios.
Casi
todos los procesos que se dan en la vida, en el sentido más
amplio del concepto, se repiten en cada uno de nosotros. Hay
una relación directa entre lo que sucede en las grandes
dimensiones, la humanidad en su conjunto, por ejemplo, y lo
que sucede en las pequeñas dimensiones, la vida particular
de cualquier persona. Si lo pensamos con detenimiento, veremos
que en la misma evolución normal de un ser humano,
desde antes de nacer, se repite la historia de toda la existencia
de la vida en este planeta.
Todas
las personas son generadas por la unión de dos células,
una masculina y otra femenina, que, al unirse pierden su forma
original y con la energía que liberan en ese proceso,
constituyen una nueva y única célula, que se
llama cigoto. Esta es la primera forma en la que existimos,
con una sola célula, después, por división
de ésta en dos, comienza el crecimiento, también
por división, de otras células y va formándose,
en un medio líquido, poco a poco, y con distintas formas,
hasta lograr la que tendrá al nacer. Todo propiciado
por la memoria biológica inconsciente. Puro impulso
vital.
Parece
que todas las distintas líneas de pensamiento están
de acuerdo en que la energía es primordial y dirigente.
Nos quedemos con la teoría que nos quedemos, las personas
actuales somos como el “último y más desarrollado
modelo” de nuestra propia evolución.
En
la doctrina bíblica, que está totalmente integrada
en nuestra cultura, como una explicación del origen
y del desarrollo de nuestra propia vida, vemos que, Adán
y Eva fueron echados del paraíso, por lo que conocemos
como el pecado original. Este relato nos señala como
descendientes de aquellos que se dejaron tentar.
Por
lo que, si la serpiente tentó a Eva con la manzana,
convendría pensar en los efectos que producía
esa manzana, que era el fruto del árbol del bien y
del mal. O en el poder que tenía la serpiente, a la
que en otras culturas, tanto y más antiguas que la
bíblica, se le atribuye la fuerza de la vida.
Porque
luego de la expulsión y como consecuencia, se iniciaron
como personas, ganándose el pan con el sudor de su
frente, y el parto con dolor, pero con un elemento muy potente
a su disposición, el mismo poder que parecía
tener la manzana, o la serpiente, el deseo vital, que es la
forma que toma la energía universal en los seres humanos.
El deseo, con todos sus riesgos, como Adán y Eva.
El
deseo como instrumento.
El
deseo es la manifestación psíquica de una necesidad.
Aquí vuelven a cruzarse las dos líneas que definen
nuestra individualidad. La vertical, que indica la necesidad
de supervivencia, reproducción y desarrollo de nuestra
especie. Y la horizontal, más sutil, que señala
las necesidades propias de cada uno de nosotros, que se manifiestan
en una necesidad básica, que es la misma en todas las
personas. Es la necesidad de amor. De querer y ser querido,
atendido, cuidado y alimentado. Esto se ve claramente en los
bebes. Después vamos creciendo y aprendiendo y la necesidad
básica va tomando formas más específicas,
el niño ya puede comer solo y, además, le apetece
mostrar su habilidad.
El
deseo, entonces, se va abriendo en distintas ramas, como en
un árbol, cada rama se subdivide en dos o en tres más.
Siempre permanecen el tronco y las ramas principales, otras
siguen brotando, y otras se caen. Así como en la necesidad
pasa con el deseo, que es quien debe instrumentar los medios
para satisfacer dichas necesidades. Tiene una línea
principal y se subdivide, según lo marquen las nuevas
necesidades. Éstas pueden originar nuevos deseos más
y más sofisticados, según los gustos o las posibilidades,
aunque siempre siguen siendo del mismo tronco.
Lo
que sucede con el universo y con la humanidad, que es el conjunto
de todos, sucede también con cada uno de nosotros,
estamos evolucionando, a los tropezones, pero evolucionamos.
Nuestro deseo sigue siendo igual que el de nuestros antepasados,
con una parte consciente y la otra inconsciente, la que se
percibe en los sueños, por ejemplo. Las dos partes
apuntan a lo mismo, a vivir más y mejor, a mejorar
nuestra calidad de vida. Siguiendo los propios criterios sobre
el significado de calidad de vida.
Si
tiene alguna sugerencia o duda sobre este capítulo
comuníquese con el autor, en alberto.costa@tiscali.es
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